Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Dicto cursos sobre la democracia en diversos posgrados universitarios del país. Desde el principio siempre surge la pregunta estudiantil: Profesor, en definitiva ¿qué significa hoy democracia? Es cómodo contestarles con argumentos relativistas. Como diría John Dunn, la democracia es el esperanto moral de las naciones, la jerga pública del mundo moderno. Y es que hoy todos nos llamamos demócratas, y no sólo usted, apreciado lector, o yo, sencillos ciudadanos, sino los jefes, caudillos y hombres de Estado que para ventura o desventura nuestra nos gobiernan, porque si bien el ideal supremo de la democracia es, como lo subrayó Lincoln, el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, la cruda verdad está en el lenguaje áspero de Mao: "En realidad siempre tiene que haber jefes". Pero hay jefes de jefes, independientemente de que todos, con muy pocas excepciones, se proclamen demócratas. A título ilustrativo, comience usted por interrogarse en torno a la calidad del talante democrático de los tres presidentes que recientemente nos visitaron: Cardozo, González o Lagos, en comparación, por ejemplo, con el de Mugabe, los hermanos Castro o Lukashenko. Sea cual sea su respuesta, el baremo de nuestra decisión implica precisar nuestra escala de valores sobre la democracia.
En suma, requiere la democracia de adjetivos para precisar su sentido, el significado que genuinamente le corresponde, y que palmariamente la distingue de las formas de gobierno no democráticas, llámense dictaduras, autocracias o gobiernos autoritarios y totalitarios. Lo primero es lo primero: la democracia tiene su fuente de legitimidad en el consentimiento del conjunto de los ciudadanos, es decir, el pueblo, sea decidiendo inmediatamente su destino (el ideal de la democracia directa), sea gracias a la elección de sus gobernantes (democracia representativa). Las democracias actuales propenden a combinar formas directas o semidirectas de participación popular, con un gobierno representativo más responsable y controlado, es decir, avanzan hacia la democracia participativa.
No es suficiente la legitimidad de origen para calificar a un gobierno como democrático. El funcionamiento de las instituciones democráticas constituye también un elemento fundamental de calificación. Aquí entra la adjetivación constitucional. El gobierno democrático moderno es un gobierno constitucional, no sólo porque la constitución es obra del poder constituyente del pueblo, sino también porque ella define el marco de actuación del gobernante, sus posibilidades y límites, el imperio de la ley por encima del reinado de la arbitrariedad y el despotismo del poder. La democracia es alérgica al personalismo, rechaza a los hombres que intentan perpetuarse en el poder, estimula la transitoriedad del gobernante y erige como principio fundamental la alternabilidad. La democracia constitucional se sustenta, además, en dos grandes postulados: la separación de poderes, y su consiguiente independencia y autonomía (hace énfasis en la independencia judicial), y el respeto y fomento de la carta de derechos humanos, los sagrados derechos del hombre y del ciudadano, a los que debe servir y proteger la actuación de los gobernantes.
La democracia moderna es una democracia pluralista. Rechaza las verdades absolutas y la imposición de dogmas, vengan de donde vengan. Parte del convencimiento de que mi adversario político no es un enemigo a destruir, sino una alternativa de gobierno que debo tolerar. Implica el respeto al otro, que conmigo forma un nosotros, la comunidad política, a la que todos (como ciudadanos) tenemos derecho a pertenecer. Por ende, la democracia acepta tanto el disenso como el consenso, y cuando el bien común lo reclama, también el acuerdo y la negociación. Pluralismo en todos los órdenes, político, ideológico, económico, cultural, social, y su estímulo a la distribución, no a la concentración del poder. Como afirma el jurista español Ignacio de Otto, la democracia es la garantía de la posibilidad de todos los proyectos.
En conclusión, hoy la democracia es una forma de gobierno con las características arriba señaladas, pero también, como necesario complemento, es una forma de vida que se revela en nuestras actuaciones como ciudadanos activos e inclusivos. La democracia confía en nosotros, pues sin nosotros, gracias a la apatía y el desinterés, la terminan devorando sus siempre acechantes enemigos: la intolerancia, la arbitrariedad y el poder despótico.