Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Los políticos mienten. Todos. Pero no todos por igual. No deberían mentir, pero se acogen a una suerte de fabuloso derecho no escrito.
En los Estados Unidos todo se basa en el principio del “honrado Abe” que cultiva el mito que presenta al presidente republicano Abraham Lincoln (Kentucky, 1809; Washington, 1865) como el modelo de líder incapaz de mentir acerca de absolutamente nada. Cuando decimos nada, es nada. Lincoln, según el mito estadounidense (que se transmite al visitante hasta en su celebérrima estatua en Washington) es un hombre de una pieza que se viste por los pies y que es capaz de andar kilómetros de vuelta a un comercio para devolverle a un tendero el cambio mal dado. Por extensión, la presidencia de los Estados Unidos es Lincoln redivivo. Sin embargo, el mito se desmorona en las presidencias modernas si se recuerda que en noviembre de 1986, Ronald Reagan (Illinois, 1911; California, 2004) negó que Estados Unidos hubiera vendido armas a Irán o que hubiera negociado por rehenes con grupos terroristas.
En realidad todo empezó un año antes, cuando el Gobierno de Israel (Simon Peres, luego premio Nobel de la Paz junto a Rabin y el terrorista Arafat), preocupado por la posibilidad de que Irak le ganara la guerra a Irán, trataba de vender armas a los iraníes. Aquello no era tarea fácil. El régimen de los ayatolás estaba apestado en medio mundo. Al consejero de Seguridad Nacional de Reagan, Robert McFarlane, se le ocurrió un plan sibilino: que fuera Israel el que vendiera armas a Irán a un supuesto grupo opositor a los ayatolás y que Estados Unidos repusiera a Israel las armas que hubiera vendido. De esa manera, nadie podría decir que Israel apoyaba a Irán ni, por supuesto, que Estados Unidos apoyara a los fundamentalistas. Además, la operación permitía que los beneficios económicos fueran desviados a la “Contra” nicaragüense para así burlar el control del Congreso de los Estados Unidos.
Para todo lo anterior, McFarlane tenía que conseguir el visto bueno de Reagan. Por suerte para McFarlane, Peres y los ayatolás, se dio la notable circunstancia de que el presidente convalecía en una hospital militar de una operación de cáncer de colon. De la habitación del enfermo, McFarlane salió con el beneplácito de Reagan. Meses después, ante las informaciones publicadas en periódicos libaneses sobre el tráfico de armas a Irán (que incluía el pago del rescate por media docena de estadounidenses secuestrados por las milicias), el presidente aseguró que Estados Unidos jamás había vendido armas a Irán ni, por supuesto, que los beneficios de aquella operación hubieran ido a parar a la “Contra” nicaragüense.
El 4 de marzo de 1987, cuando las pruebas de las mentiras presidenciales eran abrumadoras, Ronald Reagan interrumpió la programación de las cadenas de televisión para leer un comunicado en el que, entre otras frases afortunadas, pronunció la siguiente: “Dije al pueblo estadounidense que no negocié armas por rehenes. Mi corazón y mis mejores intenciones todavía me dicen que eso es verdad, pero los hechos y la evidencia me dicen que no lo es”.
Y se quedó tan ancho. Con un par.
Fuente: Gaceta.es