Todos deberíamos estar de acuerdo en una verdad elemental: donde único se crea riqueza es en las empresas. Empresas que tengan beneficios, crezcan, generen más empleos, paguen impuestos y continúen indefinidamente el ciclo. De donde se deduce otra verdad de Pero Grullo: los países más ricos del planeta son aquellos que cuentan con un tejido empresarial potente, diverso, y tecnológicamente preparado.
La revista Estrategia y Negocios de El Salvador, recoge en su último número un magnífico análisis de un reputado think-tank español, esglobal.org, en el que hace un buen análisis de cuáles son los países menos mencionados entre los que están más abiertos a la inversión extranjera. Entre ellos aparecen los sospechosos habituales de hacer las cosas muy bien: los escandinavos, Suiza, Singapur, Hong Kong, Canadá, Estados Unidos, Israel.
¿Qué es hacer bien las cosas para atraer los capitales extranjeros? Contar con rapidez en la instalación de la empresa, corrupción limitada, sistema judicial eficiente y con garantías de equidad, reglas claras, financiamiento, mano de obra calificada, fiscalidad reducida y hospitalidad social con las inversiones extranjeras. ¿Para qué acudir a un país en el que el gobierno y una parte de la sociedad son contrarios a las inversiones de las multinacionales? De acuerdo con el análisis mencionado, hay dos países que se llevan la palma en la existencia de esta atmósfera propicia para la creación de empresas.
Primero Chile, a quien llaman la California Latinoamericana por la cantidad de emprendedores que surgen diariamente en ese país, muchos de ellos ya incursionando en el campo de la innovación tecnológica, y, en segundo lugar, Colombia, que desde la época del presidente Uribe comenzó una gran reforma en ese sentido, luego continuada por el presidente Santos. Sólo en el 2011 los colombianos iniciaron 57, 768 empresas. Casi 60, 000 empresas. Ese es el camino si queremos, realmente, acabar con la pobreza y formar parte del primer mundo. No hay otro.
Si en América Latina suele haber un divorcio muy grande entre la sociedad y el Estado, no es por porque en muchos países los políticos y los funcionarios roben, o porque las fuerzas de orden público se conviertan en bandas de delincuentes o en aliados de los delincuentes, sino porque las personas se sienten desamparadas en un sistema en el que la justicia no funciona, no se persigue a quienes violan las leyes y, con frecuencia, maltratan y hasta asesinan a quienes protestan. En España, al menos hasta ahora, la justicia parece funcionar, caiga quien caiga. Ésa es la única garantía de que el sistema puede sobrevivir. La única.