
En la vida del cubano cada promesa de gobierno parece destinada a convertirse en burla permanente.
Cuando veo las caras de los funcionarios de más alto rango por mucho esfuerzo que haga no me los imagino en los más comunes lugares. ¿Machado Ventura en una cola de tres días para comprar un boleto de tren para viajar a Ciego de Ávila? ¿Esteba Lazo viajando 36 horas entre Matanzas y Santiago de Cuba? Aunque tenga mucho de pieza tragicómica sería bueno aventurarlos a estas realidades que nos suceden a los más comunes de los mortales y no a ellos, los escogidos de siempre.
A veces con unos ejemplos basta. El tren que cubre la ruta Antilla-Holguín y continúa hacia las Tunas para regresar por la tarde al mismo sitio es una de las joyitas del bestiario cubano. Como el llamado puente de Oliver (a escasos kilómetros de su estación en Antilla) está roto los viajeros deben tomar un ómnibus hacia el barrio de Antillita, pero si nada mas ha llovido y hay huellas del roció matinal, el chofer deja a los pasajeros a kilometro y medio de los coches por lo que deben hacer ese trayecto angosto y dificil con todo el equipaje a cuestas, moviéndolos por sus propios medios. A veces un campesino enyuga su buey con una carreta y les ayuda a atravesar en medio del barro por el precio de tres pesos cubanos. ¿Y las autoridades? Bien. Allí he visto a médicos, militares, doctores en Ciencias y policías. Nunca a miembros del gobierno municipal.
Cuando los trenes de itinerario nacional llegan a Camaguey las ferromozas apuran el paso entre bultos y personas sentadas en los pasillos para advertir que han llegado, que abran los ojos y cuiden los paquetes. Aunque ocurre con menor frecuencia los cacos acostumbran a subir al tren, echar bolsos que encuentran en los vagones por las ventanillas, arrebatar prendas y ejercer las artes del raterismo. Hay una estación policial en la zona pero poco se ha resuelto.
En las estaciones intermedias en camino a la Habana sólo venden una decena de pasajes por reservación anticipada de una semana. Este trámite conlleva una cola de varios días y anotarse en no pocas listas. Aún así si usted pretende viajar a la capital del país sólo tiene que ofrecer cien o ciento cincuenta pesos y el día de abordar el tren tendrán el boleto en la mano. Igualmente lo puede hacer subiendo sin el ticket y comprándolo por igual precio entre los funcionarios. Si por el contrario no lleva suficiente dinero se verá en la penosa situación de tener que sentarse en los asientos vacíos que van siendo ocupados por sus dueños en las respectivas paradas. Y le aseguro que a pesar de esos malabares al llegar al destino final, verá cómo siempre hubo una veintena de asientos sin ocupar, propiedad de inspectores, ferromozas y superintendentes.
Les he puesto estos ejemplos sin aderezarles con la mugre, los insectos, y los servicio sanitarios pestilentes con los que premia el gobierno a los ciudadanos ‘de baja estofa’, casi el noventa por ciento de los cubanos que habitamos esta isla.