Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
El primer conflicto del que se tomaron imágenes fue el de Crimea, de lo cual ya ha transcurrido más de siglo y medio; en este tiempo, el hombre occidental se ha acostumbrado a identificar las guerras gracias a las fotos. Estas captan un instante irrepetible, detrás del cual siempre hay una historia. A veces, terrible.
El 20 de abril de 1945, Adolf Hitler cumplía 56 años. Esa misma mañana, la artillería soviética arrojaba los primeros proyectiles sobre Berlín, en cuya cancillería se cobijaba el Führer. Más de medio millón de soldados del Ejército Rojo -pertenecientes a las unidades militares de Zhúkov y de Koniev, cuya legendaria rivalidad alimentaba Stalin- comenzaba a poner cerco a la capital germana, maniobra que culminaría cuatro días más tarde, el 24 de abril.
Los combates que tuvieron lugar los días que siguieron se cuentan entre los más duros de laSegunda Guerra Mundial. En pocas semanas, los soviéticos sufrieron en torno a Berlín unas trescientas cincuenta mil bajas, mientras que el número de carros de combate destruidos por los alemanes fue incalculable. Estos, por su parte, lamentaron un número similar de muertos y heridos, entre civiles y militares. Unas cien mil berlinesas fueron violadas, y hasta diez mil optaron por el suicidio.
Toneladas de escombros se amontonaban a lo largo de lo que habían sido algunas de las más célebres avenidas de Europa. Se luchaba en las alcantarillas, en los sótanos, entre las ruinas de las casas, se luchaba por la posesión de un piso, incluso de una habitación. La confusión era tal, que se averiguaba dónde se hallaba el enemigo marcando un número de teléfono al azar y escuchando el idioma en el que contestaban.
Una carrera enloquecida
El 30 de abril Hitler se suicidó. Ese día, los combates arreciaron, localizándose en el entorno del Reichstag uno de los epicentros de mayor intensidad. Durante las dos jornadas siguientes, no solo no cesaron sino que incluso se recrudecieron. Los alemanes combatían con la determinación propia de la desesperación, y los soviéticos querían terminar con su resistencia para el 1 de mayo, por obvias razones conmemorativas. Pero no sería hasta el 2 cuando se produjese la rendición de la ciudad y, con ella, la del Reichstag.
Esa mañana del 2 de mayo, el mariscal Zhukov tuvo ocasión de oír de labios del teniente Kovalev el modo en el que se había tomado el edificio. Zhukov quedó visiblemente satisfecho con el relato, y ordenó que las fotos que estaba previsto se tomasen con propósitos propagandísticos incluyesen las de una bandera soviética ondeando en las manos de un soldado anónimo sobre un Berlín asolado. Para ello se había llamado al fotógrafo Yevgeni Jaldei, que llevaba cubriendo las peripecias del Ejército Rojo desde los inicios del conflicto.
A partir de entonces, y durante el resto de la época comunista, la figura que enarbolaba la bandera se identificó con un soldado de origen georgiano, el sargento Meliton Kantaria, y así lo creyeron millones de soviéticos. Por supuesto, aquello estaba pensado para adular al también georgiano Stalin. Pero la verdad fue muy distinta.
La verdad fue que Zhukov insistió en que el ucraniano Kovalev, aquel de quien había escuchado el relato del asalto al Reichstag, fuera el protagonista de la foto. Y Jaldei hizo la instantánea, naturalmente, con un inidentificable Kovalev de protagonista. Tan oscurecida quedó su imagen, que durante más de sesenta años pudo creerse sin dificultad que el protagonista era el supuesto georgiano. Además, la fotografía de la enseña roja tremolando sobre Berlín tuvo que ser retocada, pues el ayudante de Kovalev, el sargento Mijaíl Yegorov, quien sostenía al teniente encaramado al tejado del Reichstag, mostraba en su muñeca varios relojes. Todo el mundo sabía que los conquistadores de Berlín se hallaban, por aquellos días, en una enloquecida carrera por apropiarse de todas las mujeres y de todos los relojes que pudieran encontrar. Al fondo de la imagen se le superpuso un humo negruzco que se extendía sobre toda la ciudad, destinado a resaltar la extrema dureza de los combates… que ya hacía unas cuantas horas habían cesado.
Durante las siguientes décadas, Kovalev mantuvo el silencio, tal y como se le había solicitado en 1945. Pero más de seis décadas después de los hechos, el antiguo oficial soviético concedió una entrevista al historiador británico Michael Jones, a quien no solo desveló su papel en la célebre fotografía del Reichstag, sino a quien confesó algunas otras cosas que hasta entonces habían permanecido ocultas.
Muertos amables y decentes
“Yo era miembro de un destacamento especial” -recordó- “y he matado a más gente que pelos tengo en la cabeza”. Esa era la razón por la que Kovalev se encontraba en el Reichstag, en el corazón de la batalla: se trataba de un oficial de las fuerzas especiales. Pero su misión durante la guerra no tenía nada de habitual. “Como miembro de una unidad de reconocimiento, iba por delante de las tropas con el objeto de reunir datos para el servicio de inteligencia.”
Los datos que recogía para la inteligencia soviética los obtenía consiguiendo informaciones de sus propios compatriotas, en los territorios liberados del dominio alemán. “Eran rusos, gente buena, deseosa de colaborar. Me informaban del paradero de los alemanes.” Los informantes eran invariablemente niños, mujeres o ancianos, ya que los hombres en edad militar estaban en el Ejército Rojo o habían sido deportados al Reich como fuerza de trabajo.
“Les pregunto; ellos me ayudan en todo lo que pueden (…) pero, una vez obtenida la información, no puedo correr el riesgo de que los alemanes los capturen, interroguen y descubran a nuestras tropas.” Y entonces llegó la terrible revelación de Kovalev, el hombre de la fotografía, que prosigue con voz temblorosa: “Les cortaba el cuello con un cuchillo. Maté a centenares de los nuestros, personas decentes, amables, honradas. Los maté, los asesiné, para poder derrotar a los alemanes”.
Para él, como para muchos otros, nunca ha habido, ni habrá, un Núremberg.