La pretendida libertad de prensa que, según los defensores de la dictadura cubana, existiría en la nación caribeña se ve categóricamente desmentida con la arbitraria decisión del gobierno castrista de impedir la salida del país de la reconocida bloguera Yoani Sánchez para asistir en Brasil a la presentación de un documental. Esta nueva evidencia confirma el perfil intolerante e inhumano del régimen monárquico hereditario de los hermanos Raúl y Fidel Castro. Tal como la propia comunicadora se definió, la convirtieron en una “prisionera” de una dictadura que cercena los derechos humanos más fundamentales de su pueblo porque siente pánico ante el menor atisbo de disidencia.
Con un escueto mensaje en el que se le comunica que “no viajará por el momento”, las autoridades de la Dirección de Inmigración y Extranjería de Cuba imposibilitaron por decimonovena vez que Sánchez pudiera asistir en el exterior a eventos de carácter cultural para los que fue invitada en diferentes oportunidades.
La medida supone una flagrante violación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo artículo 13 afirma enfáticamente: “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”.
Quizás el señor embajador de Cuba en Paraguay, Bernardo Guanche, quien recientemente brindó una disertación en la ciudad de Encarnación acusando a nuestro diario de “mentir”, tenga la deferencia de volver a ofrecer una nueva conferencia para explicarnos a los paraguayos en qué se basa la prohibición de su gobierno para que Yoani Sánchez salga libremente de su país.
Es inaceptable que a esta altura de la evolución de la sociedad humana, habiéndose logrado las conquistas tan excepcionales que se registran en el ámbito de la ciencia y la tecnología, todavía existan países como Cuba en los que el derecho de los ciudadanos a abandonar e ingresar libremente a su territorio continúe estando en entredicho. Y es repudiable que naciones “modernas y civilizadas”, como muchas de nuestra región latinoamericana, avalen, con un silencio cómplice y cobarde, el proceder arbitrario y atentatorio de la dignidad humana de la dinastía castrista.
La decisión del Gobierno cubano, en el caso de Sánchez y de otros luchadores por los derechos humanos a los que se impidió y se impide salir del país, como fue el caso del disidente Guillermo Fariñas en ocasión de obtener el “Premio Sajarov” a la libertad de conciencia del Parlamento Europeo, tiene el clásico estilo soviético-estalinista.
Los regímenes totalitarios conciben como una “facultad” prohibir a sus connacionales viajar al exterior. En su sesgada y decrépita cosmovisión política, estiman que obstaculizando la salida de los disidentes evitan “propaganda adversa” en el resto del mundo, al mismo tiempo que ejercen un efectivo control sobre los flujos de opinión al interior de sus propias sociedades.
Sin embargo, esta forma de proceder es intolerable desde el punto de vista de los derechos humanos y claramente contraproducente en términos políticos. En efecto, en el mundo actual, dominado por la globalización y el flujo de información que posibilita internet, es imposible que un gobierno tenga éxito en la tarea de “controlar” lo que pueda decir el resto del mundo acerca de su realidad interna. Los hechos, las decisiones políticas y sus efectos están a la vista de todos.
Por lo tanto, actos de arbitrariedad como el cometido contra la bloguera cubana desnudan la naturaleza profundamente arbitraria e intransigente de la dinastía castrista, al mismo tiempo que sirven para generar corrientes internacionales de opinión desfavorables hacia aquellos que los asumieron. De allí que tuviera gran razón Yoani Sánchez cuando, al enterarse de la determinación migratoria de su país, dijera: “¿No aprenden, es que no aprenden? Si me dejan salir, pierden; si no me dejan salir, pierden más”.
La dictadura castrista, sin lugar a dudas, pierde credibilidad –si es que todavía la tiene– con esta caprichosa e irracional decisión, pero Yoani Sánchez gana, crece, se agiganta su figura internacionalmente. Así es que, sin proponérselo, el Gobierno cubano potencia el perfil de esta valiente comunicadora, presentándola involuntariamente ante el mundo no solamente como una víctima de su propio talante autoritario, sino como una incansable defensora del inalienable derecho de los seres humanos a expresarse libremente.
Entonces, como sucede con todos los crueles regímenes liberticidas del mundo, el día que el castrismo haya desaparecido de la faz de la tierra y que sus principales exponentes sean tenidos como los reconocidos cavernícolas de la política internacional que ya son, la humilde bloguera cubana pasará a la historia por el arrojo y la valentía con que enfrentó a los tiranos, así como por su sólida voluntad de canalizar los afanes de un pueblo que anhela liberarse para siempre del yugo que durante tantas décadas lo oprime miserablemente.