Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
Ciudadanos cubanos caminan por una calle frente al capitolio
Por Armando Soler Hernández.
La Habana/ 16-5-2016
Para los cubanos de la isla, acostumbrados a participar masivamente en procesos electorales unipartidistas, votando por el que les señalen las “sabias” autoridades que controlan todo en la sociedad, una larga campaña de candidatos presidenciales como la de Estados Unidos debe parecerles algo extraño. O mucho peor, absurdo y derrochador.
Al menos, ese era el parecer de un delegado del VII Congreso recién arremetido en el país, un militar de cabeza rapada e impresionante cogote. Denostaba contra la recomendación del Presidente Obama de promover en nuestro país el multipartidismo. Alterado por semejante desatino, considerándolo un atentado a este inmovilismo que disfrutamos a todo dar, el delegado se extendió en su descalificación de semejante idea. ¿Gastar miles de millones en esa veleidad, en lugar de dedicarlos a la “salud y educación de nuestro pueblo”?
En su papel de cómplice-victimario, el delegado mostraba tanta ignorancia del asunto como ese citado cubano que marcha a votar cuando se le “orienta”. En su caso es más tremebundo, porque representa esa mínima fracción de la sociedad cubana que se atribuye el derecho a decidir por todos los nacionales qué destino tendrá esta isla.
En primer lugar, llevar una larga campaña electoral no sólo es el mayor y más sano ejercicio democrático de cualquier sociedad. También es un elemento de estímulo económico, tanto en diversidad como en producción, servicios y empleo. Y como consecuencia de toda esta actividad, un generador de impuestos que el Estado democrático se encarga de redistribuir. Así, toda la sociedad se beneficia de poder debatir sus problemas abiertamente, acompañados con una mayor oferta de empleos, servicios, productos y programas sociales diversos, sufragados por las elecciones.
Los candidatos políticos de un país democrático y en el que funcione el Estado de Derecho, se ven obligados a convencer a sus lectores con un programa. No son esos partícipes de un acto formal, arreados por una imperiosa convocatoria del gobierno, y cuya asistencia implica al intimidado elector evitarse todo un cúmulo de problemas reales, o imaginados por su intimidada mentalidad de cautivo.
Los aspirantes a concejales, alcaldes, gobernadores, senadores y representantes en las campañas electorales norteamericanas, no son designados y garantizados “desde arriba”. Aunque apoyados en sus campañas por las maquinarias electorales de sus partidos, estas se sufragan a sí mismas por el apoyo directo mediante donaciones monetarias privadas. Las mismas son registradas como ingresos y distribuidas en los diversos procesos de la campaña, todo bajo una contabilidad sujeta a serio escrutinio por las autoridades federales.
El principal requisito de cualquier candidato en elecciones democráticas y multipartidistas, de acuerdo al nivel del puesto político que aspire a cubrir, es ser capaz de presentar un programa real y atractivo de beneficios para la masa de electores que podría entregarle su voto. Pero estos argumentos no son simples promesas que luego el ganador podría olvidar cumplir. Tanto como aspirante a un cargo elegible como detentador del mismo, la presión constante sobre él de la opinión pública se manifiesta a diario mediante una prensa diversa e independiente, vigilante y muy crítica.
La presente campaña presidencial de los Estados Unidos es un ejemplo muy conveniente de todo este ejercicio democrático. Aunque hasta el presente hay dos grandes partidos mayoritarios que aúnan los dos criterios fundamentales de cómo debe funcionar el Estado, otros muchos partidos conforman minorías que de alguna manera son variantes de estas dos grandes corrientes. Por tanto, el cliché recién mascullado por el presidente cubano de que en Estados Unidos hay sólo dos partidos que son indistinguibles en sus proyectos políticos, no pasa de ser un lamentable maniqueísmo.
El Partido Republicano aspira a un diseño nacional donde el Estado tenga un papel menor en los asuntos públicos, dejando espacio para que sus funciones sean cubiertas con la iniciativa privada. Y en sentido formalmente opuesto, el Partido Demócrata promueve una mayor participación y presencia del Estado en los asuntos públicos y la redistribución de la renta nacional mediante el denominado Estado de Bienestar. Así, aunque opuestos en criterios fundamentales, aunque no basado en el enfrentamiento intransigente, sino en la disputa pacífica, ambos partidos mayores, y los menores que los apoyan, se encontraron en esta campaña con dos nuevas y fuertes tendencias del electorado.
Las manifestaciones políticas son protagonizadas por el socialista Benny Sanders y el nacionalista Donald Trump. Representan a las extremas dentro del tradicional escenario electoral de los dos grandes partidos. Sin embargo, este nuevo fenómeno no es nada negativo o decadente. La nación manifiesta un espectro político más diverso, y las decisiones que se generan requieren un consenso más complejo y de mayor diversidad de la sociedad.
El novedoso hecho parece formar parte de las nuevas tendencias que conlleva vivir en un mundo más globalizado, y por tanto más interdependiente. Tanto en Europa como en el resto de Occidente, incluidos los Estados Unidos, se comienza a distinguir esta tendencia más plural del pensamiento y la acción política en democracia. Más que un símbolo de confusión, o de despilfarro decadente, como podrían creer unos profundamente despistados delegados comunistas cubanos, es un signo del mayor protagonismo político y diversidad de proyectos nacionales que van logrando sus ciudadanos.
Fuente: Prensa Independiente: Hablemos Press