Por Jorge Alberto Liriano Linares/ Hablemos
Press.
Camagüey, 7 de diciembre.- Durante más de
medio siglo de dictadura militar, las
superpobladas instalaciones carcelarias, a
todo lo largo y ancho de la Isla, han jugado
su pertinaz objetivo como letales máquinas
de destrucción y muerte.
Las prisiones cubanas, construidas al comienzo de implantarse el
régimen comunista, fueron concebidas con la marcada señal de
someter al pueblo por medio de la represión y el terror.
Llegaron los tiempos del miedo para los humildes pobladores de la patria
de Martí. Desde entonces, la isla se convirtió en la mayor cárcel del
mundo, y millones de cubanos -de generación en generación-
empezaron a perder su juventud, sus sueños y aspiraciones, víctimas
de la arbitrariedad, las desigualdades sociales y las injusticias del
sistema.
Las cárceles se convirtieron en almacenes y cementerios; las
acciones excesivas, como la falta de derechos y garantías procesales
para demostrar la inocencia, contribuyeron al desastre humano del
sistema carcelario.
Bajo la sombra de la muerte, víctimas de la acumulación histórica, hoy,
Cuba ostenta el mayor índice de población penal del hemisferio
occidental, con prisiones abarrotadas donde el odio, la violencia y
los más degradantes tratos crueles e inhumanos, se conjugan
con la corrupción, los abusos de poder y la impunidad; factores
todos que contribuyen a la desvalorización del concepto humano.
Las experiencias, vividas en carne propia, evidencian cómo hasta
nuestros días -en las prisiones ubicadas en territorio camagüeyano-,
no existen condiciones mínimas para la vida humana. En las
instalaciones carcelarias predominan altos niveles de
hacinamiento, insalubridad y contaminación ambiental. La carencia
de agua potable, incide en la falta de higiene de los locales de
encierro, la pésima elaboración de los alimentos y la higiene personal
de los confinados.
A todo esto, se suman las precarias condiciones de las redes
hidráulicas y sanitarias, la obstrucción de desagües y turbos, o
letrinas, las enormes filtraciones en los techos y la deficiente
iluminación y ventilación, por lo que son muy frecuentes las
enfermedades diarreicas agudas, producidas por parásitos, bacterias
y virus, microorganismos cuya única vía de transmisión es a
través de alimentos descompuestos y aguas contaminadas.
En la actualidad, cientos de reclusos de la prisión provincial
Kilo 7, permanecen hospitalizados; contagiados a causa de la epidemia
del cólera, propagada por las condiciones de marginalidad en que viven
y son tratados.
Como frágiles vasijas de barro, centenares de seres humanos pierden
la vida cada año como resultado del contagio epidemiológico, tras
los muros de las cárceles cubanas.
Hoy, el cólera castiga impunemente la población penal en casi
todas las instalaciones carcelarias del país, donde no se deben
descartar otras, como la tuberculosis, el sida, la lepra y la
escabiosis -o sarna-, que son vistas como algo común, precisamente
por la falta de higiene.
Lo cierto es que la barbarie, en las instalaciones carcelarias en esta
región del país, está muy vinculada a la enorme tendencia de los
militares a la anarquía, que con sus inoperantes métodos
represivos, su marcado desprecio y falta de vocación humanista
tergiversan la razón rehabilitadora.
En la actualidad, sobran las evidencias de cientos de lesionados
cada día, producto de las brutales golpizas y crueles torturas. Cada
año, la cifra de muertes en extrañas circunstancias, asesinatos y
suicidios, se disparan. A ello, hay que agregarle el hambre,
-como mecanismo de castigo- con su elevado índice de desnutrición;
todo ello, y más, gracias a la impunidad con la que opera el sistema
judicial en estrecha complicidad con el crimen y el vandalismo;
pero es muy importante considerar, que tan monstruoso deterioro,
como los crímenes y actos violatorios en los centros carcelarios del
país, son también de orden político, pues para nadie es un secreto
que el estado, y su máxima dirección política -a través de todos
estos años-, se ha auxiliado de la represión brutal para mantenerse
en el poder.
Por eso, no hay que extrañarse que el gobierno se haga de la vista
gorda, y finja ignorar todo ese genocidio carcelario; a fin de
cuentas, la corrupción de la política y la ausencia de democracia son
males arraigados en esta nación, y la conexión entre el gobierno
y la corruptela militar es muy estrecha, por lo que no hay que dudar
que justifiquen, encubran y estimulen el espiral de violencias
y de degradación del sistema carcelario, que ya ha rebasado
todos los límites concebibles, y constituyen una violación masiva,
flagrante y sistemática de los derechos humanos y la
legislación internacional.
Tal vez sea necesario refrescarle la memoria a la cúpula dictatorial
y a sus connotados torturadores y asesinos, recordándoles que el
principal objetivo de los gobernantes de una nación, debe ser la
garantía de la dignidad plena del ser humano, algo que sólo se
construye sobre valores humanistas, sentimientos de justicia y
respeto a todos los derechos, especialmente el derecho a la vida.

