A falta de estadísticas y cifras, los reporteros independientes cubanos debemos reinventar ciertas normas del oficio de informar. No tenemos acceso a conferencias de prensa del gobierno y ningún ministro nos da entrevistas o comentarios.
Tampoco podemos competir con las agencias extranjeras acreditadas en La Habana. Por falta de tecnología, acceso a internet las 24 horas y no poder cubrir eventos oficiales, es imposible rivalizar en inmediatez con la prensa extranjera.
Hay cierta noticias que un periodista libre puede sacar primero que un corresponsal de la BBC, EFE o AP. Sobre todo dentro del entorno de la oposición: huelga de hambre de un disidente, un desalojo o una paliza a las Damas de Blanco.
Pero ése no es el lado de la cancha donde mejor se juega. Cuba es un terreno fértil de historias que el régimen pretende ignorar. En las calles y barriadas, charlando con gente simple, siempre encontraremos buenas crónicas.
Algo que debemos agradecer al mal trabajo del periodismo estatal. Si Granma y Juventud Rebelde habitualmente informaran sobre la marginalidad, ruinosa infraestructura o cómo se las agencian los cubanos para sobrevivir dentro del manicomio socialista, el periodismo independiente no tuviera mucha razón de ser.
Nos limitaríamos a escribir aburridos artículos de opinión. O cubrir reuniones opositoras. Los periodistas oficiales han abandonado el campo de batalla y se lo han dejado a los periodistas disidentes.
Ha sido un error de bulto no informar de la vida cotidiana ni de los males que aquejan a la sociedad como las drogas, prostitución y corrupción a todos los niveles.
A los talibanes ideológicos les gusta vender el discurso de que la isla es diferente al resto de naciones capitalistas pobres del continente americano.
En un tiempo lo fue. No habían libertades de expresión ni de asociación, pero el Estado, apoyado por un flujo millonario de rublos soviéticos, garantizaba una vida gris con salud y educación gratuitas.
A cambio, debíamos ser ‘revolucionarios’. Aplaudir el discurso del ‘máximo líder’ y condenar al imperialismo yanqui. Ése era el trato. Las discrepancias políticas quedaban restringidas a la sala de nuestras casas.
Estaba prohibido ventilarlas públicamente. Las criticas, nos decían, debían ser ‘constructivas’. Se podía denunciar el mal servicio gastronómico o a los administradores ineficientes.
Lo que nunca se podía hacer era señalar como culpable del desastre económico y el fracaso de un proyecto social a Fidel Castro. El Comandante era como Zeus. Dios de dioses. Intocable.
Los periodistas independientes pulverizamos ese mito. No por tener vocación de héroes. O mártires. Simplemente una mañana traspasamos las fronteras de lo que se debía hablar y decir trazadas por el régimen.
Ya se sabe que tamaña osadía ha tenido y tiene una cuota a pagar. Desde la difamación a la cárcel. Pero aquí estamos. Contando las historias de la gente de a pie. Todos los días charlo con obreros, jóvenes, jubilados y marginales, cansados y decepcionados de 54 años de autocracia.
No cuento las miserias humanas que vive un sector de la población para dañar la imagen que exporta el gobierno. Describir la vida de los perdedores, de los ignorados y olvidados, forma parte del compromiso de un periodista libre.
Si los mandarines que controlan los medios consideran que difundir ‘miserias humanas favorece al enemigo’, ése es su problema.
El mío es contar lo que acontece en el barrio donde vivo y en la ciudad donde nací. Darle voz a ciudadanos que no existen para la prensa oficial. Y están allí. Solo hay que salir a la calle.