Esta Página, "Voz Desde el Destierro", pretende que sea una tribuna en la Red de redes, para aquellos que no tienen voz dentro de la isla de Cuba, para romper el muro de la censura, la triste y agobiante realidad del pueblo cubano. Editor y redactor: Juan Carlos Herrera Acosta. Ex-preso Político de la causa de los 75.
El régimen comunista preparó un recorrido meticulosamente escenificado para laprensa que viajó al país asiático a cubrir el polémico lanzamiento del cohete. Pero el conductor del micro se equivocó de recorrido
El autobús de los reporteros hizo el jueves una viraje equivocado. Y de pronto,
todo cambió en el escaparate oficial del orgullo norcoreano. Remolinos
de polvo color marrón recorrían calles llenas de baches. Había edificios de
apartamentos de concreto que se desmoronan en las orillas. Ancianos recorrían penosamente la acera, algunos con mochilas hechas a mano con bolsas de lona.
Dos hombres en sillas de ruedas esperaban en una parada de autobús. Había
tiendas sin luces, y las calles laterales estaban tan dañadas que tenían más polvo
que pavimento.
"Tal vez es un camino equivocado", masculló uno de los guardaespaldas
norcoreanos, funcionarios bien vestidos que controlan a los reporteros en
recorridos meticulosamente escenificados que inevitablemente se centran
en el orgullo por las tres generaciones de la familia Kim que han gobernado
este país desde 1948.
Y mientras las cámaras comenzaban a tomar fotos, los conductores de
los tres autobuses rápidamente dieron marcha atrás y se dirigieron al destino previsto: un edificio impecable, casi blanco, profusamente decorado con mármol
y prácticamente vacío, que guarda grabaciones musicales.
Es el Centro de Información Musical Hana, dijo una guía a los reporteros. Ahí,
el líder norcoreano Kim Jong Il hizo una de sus últimas apariciones públicas
antes de fallecer en diciembre.
"Espero que los periodistas aquí presentes reporten sólo la absoluta verdad",
auguró Ri Jinju, mientras su voz temblaba de emoción. "La verdad sobre cuánto
nuestro pueblo extraña a nuestro camarada Kim Jong Il y la fortaleza de la unidad
entre el pueblo y el liderazgo, que vigorosamente ejecuta las instrucciones de los
líderes para construir una gran, próspera y poderosa nación".
En Corea del Norte es difícil saber qué es real. Pero tampoco se puede
buscar. Cualquiera que abandone el recorrido para la prensa o se aleje de los
pocos hoteles donde se permite la presencia de extranjeros puede ser detenido
por la policía y hasta expulsado.
Pero incluso en un entorno tan controlado, la realidad se hace valer. ¿Es realidad,
el grupo de edificios altos que alcanzan a ver los extranjeros desde el hotel, donde
las luces en largas calles son encendidas cuando se mete el sol, iluminando
cuadras enteras como una titánica decoración navideña? ¿O lo son los vastos
terrenos de Pyongyang, por mucho la ciudad más desarrollada en la empobrecida
Corea del Norte, que entran en penumbra al caer la noche?
La mayoría de los visitantes en Pyongyang nunca encuentran un bache, tráfico o
basura más grande que una colilla de cigarro. Tampoco se ve gente discapacitada
o grafitis. Los estudiantes no parpadean mientras decenas de reporteros entran
al salón de clases y el profesor continúa su lectura sin pausa. Si conversan, las
charlas se enfocan en los Kim y repiten sin pausa la hipérbola de rutina: "Entre
más tiempo pasa, más extrañamos a nuestro líder Kim Jong Il",
insiste Ri, la guía.
Pero detrás de esta fachada robótica, los norcoreanos quieren lo mismo
que todos los demás; al menos eso dicen los desertores.
Aunque las autoridades todavía esconden los vecindarios en ruinas, tal
vez el régimen se esté abriendo. Otros años, los guardias hubieran ordenado
a los reporteros guardar sus cámaras si veían algo que no reflejara bien al país.
Otras veces cerraban las cortinas de los autobuses.
Pero el jueves, los cuidadores no dijeron nada cuando salieron las cámaras.
Los periodistas observaron y afuera del autobús, los norcoreanos que nunca
esperaron ser vistos, también miraron.