A finales de este marzo supe de la infausta noticia: los amantes del cine perdíamos el Festival de Cine Pobre “Humberto Solás”. Un desacuerdo entre las partes convocantes de Holguín y La Habana nos dejaba al desamparo a los que nos asomábamos a un cine desprejuiciado y con menos pretensiones que los portadores de tendencias comercializadoras o posturas de trascendencia que algunos creadores le quieren impregnar a cada momento que viven.
A este festival venían hacedores con ganas de enseñar la frescura y el rigor en otras esencias, otros discursos, en un cine más democrático y participativo sin dejar de entretener. Solás ayudó a esa magia, muchos en Holguín lo ayudaron, otros tantos le sembraron el camino de nimiedades para hacerlo tropezar a cada rato. Entre la burocracia y el provincianismo ramplón le hubieran quitado las ganas al autor de “Lucía” en un par de años más.
Lo que ocurre ahora, se veía venir. Por fin, entrada la primavera se dio el conato (por lo menos público en la provincia) entre las opiniones y decisiones de Alexis Triana (Director Provincial de Cultura) y Sergio Benvenuto Solás (sobrino de Solás y presidente del Comité Organizador del festival).
Primero fueron algunos correos electrónicos, dicen, y después la publicación local La Luz puso en manos de un mínimo número de holguineros las razones de Triana. Como pocos tenemos acceso al correo electrónico tendremos que conformarnos con lo que argumenta este acerca de la posición de Benvenuto. Lo cierto es que el festival será anual, pero en la capital del país.
Gibara, uno de los paraísos cubanos del Atlántico Norte, se había afilado los dientes. Un enjambre de hombres y mujeres prepararon sus casas para ofrecerlas en alquiler a visitantes extranjeros y nacionales. Bebidas, pescados y mariscos ya regaban su olor por encima de los techos rojos que identifican a esta villa recostada al mar. Mario es un amigo mío de la infancia. Desde hace tres años venía buscándose el sustento de varios meses en solo una semana de jaleo cinematográfico: ‘la gente compra y busca de todo, desde libros viejos, obras de arte, maderas preciosas, corales, pescado para llevar, todo. El festival era el momento’, me dijo con pesar.
A principios de marzo estuve en Gibara y he podido ver la desazón. Gibara tenía para mí dos motivos de emoción muy distintas: allí conocí el descanso de fin de semana en los años ‘90, era la escapada desde la ciudad hasta ese paraíso que creíamos. Después, en el año 2006, recibí el peor acto de repudio de que tenga noticia. La sesión de odio la preparó el entonces capitán Abel Ramírez. Estábamos en casa del disidente Alexander Santos y pusieron a las turbas a ladrar contra nosotros. Después había vuelto con un poco de escozor, no era para menos.
El pasado sábado día 2 de abril distribuyeron el periódico La Luz, órgano de divulgación de Cultura provincial, y parece haber sido peor el remedio que los males. Como no hay a quien echarle la culpa, la gente no cree en los dislates de un Benvenuto que solo viene una vez al año, al director provincial de Cultura tampoco le aceptan mucho su diatriba.
Las justificaciones no valen al parecer cuando se trata de un evento que ponía al pueblo en la mira del país por unos días, alimentaba a decenas de familias con los alquileres de habitaciones, autos y triciclos, con la degustación de la comida recién pescada y con una fiesta cinematográfica llena de sangre joven.
Comí en casa de dos nuevos amigos, estuve una tarde entre el café y la buena conversación y el tema recurrente era el festival. Todo indica que la mayoría hubiera preferido un diálogo entre las partes, salvar la sede gibareña de la fiesta de cinéfilos a toda costa. Si la supuesta torpeza no viene por mandato ideológico del Partido Comunista no hay razón para no haber encontrado un arreglo. Un concierto de Carlos Varela o X Alfonso, una exposición de arte contemporáneo y debates encendidos (yo los gocé varias veces) que acompañaban la muestra y competencia del celuloide bien valían sentarse a la mesa para debatir la permanencia del certamen en esta tierra carcomida por el salitre. Traduzco el sentir de varias caseras y me creo en el derecho a reprobar que se abandonaran las armas del diálogo fructífero, aunque el citado funcionario provincial haga mención en su artículo a ‘una nueva ronda habitual de paranoia anticubana’. El festival era mío también, y aunque un edicto invisible dictado hace cuatro años me ha dejado fuera de los debates, las lecturas públicas y las posibilidades de publicar, hubiera puesto mi firma a favor de salvar esa fiesta que se nos apagó entre las manos. Dondequiera que se encuentre, Humberto Solás debe de estar que arde.

