Por Eduardo Enrique Herrera Durán.
LA HABANA, 19 de agosto.- Mi día comienza a
las 6:30 am. Me levanto; realizo las labores
cotidianas como el desayuno, que incluye
solamente un vaso de jugo o refresco
instantáneo, no porque no apetezca algo
más, sino que no hay otra cosa que consumir.
Me preparo y voy para la parada del bus, a
casi cien metros de mi hogar, donde espero pacientemente, pasan dos
o tres, los cuales no paran. A la media hora puedo abordar uno, con gran
hacinamiento.
Luego de un viaje de veinte minutos infernales, con calor, malos olores
y la algarabía de los pasajeros, llego al Hospital Universitario Calixto
García y me dirijo a la sala de urgencia para recibir la guardia médica,
encontrándome con los demás médicos salientes que están extenuados de
la guardia realizada y les queda un caso aún sin operar.
Decidimos que el caso hay que operarlo urgentemente. Hablamos con
los anestesistas que comienzan el día, diciéndonos que hay problemas
con las máquinas de anestesia, pero que se solucionará pronto. Transcurre
el día. Son las 11:30 am y nos llaman del salón para comenzar el caso.
Pasada casi una hora del aviso comenzamos a operar. La paciente tiene
una tumoración intestinal que hay que extirpar, dificultándose
mucho el trabajo por la escasez de instrumental y material de sutura;
pero a pesar de los contratiempos la paciente es operada, resolviéndose
el problema.
A las 2:30 pm salgo a comer algo en una cafetería, donde gasto el
salario del día (menos de un dólar) quedándome insatisfecho por la
calidad y la cantidad, esto es porque no nos dan almuerzo en el Hospital.
Regreso a la consulta de urgencias, atendiendo apacientes con
disímiles dolencias, incluyendo algunas heridas pequeñas que se
suturan con el escaso material e instrumental quirúrgico en existencia.
A las 7:00 pm nos avisan para la comida, que por su aspecto y
olor seguramente ni los perros se la comerían.
Salgo nuevamente a comer fuera del hospital, consiguiendo que algún
amigo me pague la comida. Cuando regreso, asisto el caso de un
paciente que calló de una altura de cuatro metros, sufriendo
fracturas múltiples y abdomen y tórax quirúrgicos.
Alrededor de las 8:30 pm entramos al salón de operaciones. Luego
de operar laboriosamente al paciente con todas las necesidades que
existen regreso a la consulta de urgencias.
Terminamos agotados. A las 11:50 pm, comemos algo que nos lleva
un acompañante agradecido, nos dirigimos al dormitorio donde nos
espera una cama de literas, con sábanas cortas que no cubren el
colchón de esponjas sin cubierta y un pequeño baño maloliente con
salideros.
A las 4:00 am. Entramos nuevamente al salón de operaciones terminando
a las 7:00 am. Luego, pasamos visitas a los ingresados en la guardia.
A las 8:00 am hacemos la entrega al equipo entrante de guardia y
vamos a la sala nuevamente para ver a los pacientes y realizar
indicaciones médicas. Después de las 11:00 am logro abordar el
autobús para ir a mi casa a descansar e incorporarme a trabajar al día
siguiente.
Fuente: Hablemos Press/ La Habana
