Por Jorge Alberto Liriano Linares/ Hablemos
Press.
Camagüey.- Recientemente, algunos
medios de prensa se hicieron eco del
6to. Encuentro Internacional Justicia y Derechos.
El evento tuvo lugar en la capital cubana, y
centró sus objetivos en temas como la
criminalidad, la justicia penal y las cárceles
en América Latina.
En la misma fecha, sesionaba el Comité Contra la Tortura, de las
Naciones Unidas, un organismo de control creado por la ONU,
donde los Estados miembros -firmantes de la convención- dan cuenta
de la aplicación de la convención, y los mecanismos de prevención
de la tortura o actos afines, en todas parte del mundo.
Coincidentemente, en ambos eventos, las delegaciones que
representaban al régimen de la Isla recayeron en la retórica
histórica, esgrimiendo la mentira como cínica justificación.
A fin de cuentas, después de pasar 53 años abrazado a la
mentira, el secretismo y el vergonzoso contubernio, sólo queda
seguir la rima hipócrita de sus amos, aún cuando jamás hayan
visitado -ni por equivocación- un centro penitenciario; ni mucho
menos les interesa cómo viven y son tratados los presos en el
interior de las cárceles.
Al parecer, el gobierno y su cúpula política se rehúsa a visualizar y
radicar las repugnantes acciones que llevan a cabo las fuerzas
represivas y paramilitares, sólo comparable con los crímenes perpetrados
por los fascistas alemanes durante la segunda guerra mundial.
Las pruebas, están latentes en los millones de seres humanos
encarcelados por la dictadura durante más de medio siglo. Muchos
de ellos viven hoy en el exilio, y llevan las huellas de las torturas
sufridas en sus cuerpos. Ellos, mejor que nadie, pueden dar fe
de la corrupción judicial y administrativa que imperan en el interior
de las cárceles. De los crímenes despiadados, los maltratos físicos
y la tortura; del hambre como castigo, y sus enormes saldos de
desnutrición; de los miles de enfermos sin asistencia, que fallecen
producto de la falta de medicamentos y vocación humanista
de los servicios de salud.
El sistema penitenciario cubano nunca cambió. Después del
triunfo revolucionario de 1959 se construyeron cientos de prisiones
a lo largo y ancho de la isla, cientos de campamentos de trabajo
forzado, donde en la actualidad se explota y esclaviza a los prisioneros;
se construyeron cientos de cuarteles y unidades de la policía con
nuevos instrumentos de represión y tortura.
Millones de personas humildes han sufrido el rigor de ese odio.
Hasta nuestros días, la cifra de encarcelados constituye un secreto
de Estado. De acuerdo a los altos niveles de hacinamiento que existen,
que incluye destierros forzados de prisioneros, desde las
provincias occidentales, hasta las prisiones del interior. Es de suponer
una masa ascendente de la población penal en el orden de
los 100 mil confinados en condiciones infrahumanas.
Literalmente, el concepto de tortura es muy amplio, aún cuando para
los revolucionarios de la isla, tortura es un término que sólo
contempla daños físicos. La tortura está latente en cada cárcel y
centro de detención del archipiélago cubano; la insalubridad,
el hacinamiento, la falta de ventilación y agua potable están presente
en cada centro penitenciario de la isla; los métodos de represión
son precedidos por doctrinas militares, ya obsoletas en el
mundo; predominan las celdas de castigo y celdas de medidas de
seguridad donde se priva al ser humano de sus derechos básicos.
Cientos de reclusos, cada año, son víctimas de maltratos físicos;
las brutales golpizas, propinadas por los militares, suman cientos
de lesionados cada año; muchos reclusos resultan asesinados, y
esas muertes permanecen impune y olvidadas. El tratamiento
brutal al hombre sancionado es una máxima presente hasta nuestros
días, producto de la falta de profesionalismo y preparación de los
militares carentes, además, de todo concepto humanista.
Centenares de reclusos, con trastornos mentales severos,
permanecen abandonados en el interior de las cárceles, carentes incluso,
de avituallamiento, aseo personal, y de las mínimas atenciones
sicológicas
Cientos de impedidos físicos, evidentes y hasta parapléjicos se pudren
tras los muros carcelario cubano, personas mayos de 60 años de edad
se hunden en la desesperanza y el abandono del sistema, enfermos
del SIDA, tuberculosos, lepra y otras enfermedades en faces terminal
como es el cáncer tampoco encuentra el perdón de los que se
vanaglorian protectores del respeto la dignidad plena del hombre
y el derecho a la vida.
Lo cierto es, que el sol no se puede tapar con un dedo; tal vez engañen
a la ONU y su mecanismo de control; quizás engañen, con su
verborrea politizada, a la señora Nadis Pillay, alta comisionada de
la ONU para los Derechos Humanos; es posible le vendan gato por
liebre al señor Juan Méndez, relator especial de la ONU sobre
tortura y tratos degradantes y crueles; hasta es posible que el comité
contra la tortura de las Naciones Unidas se haya creído el cuento del
apego a las normas mínimas para el tratamiento al recluso, y la
supuesta aplicación de una política contra la tortura y el abuso.
A fin de cuentas, de torturadores y asesinos está infestado el mundo,
y fuera del agua cualquiera nada bien.
Solo cabría preguntarse: ¿No son suficientes los testimonios y
filmaciones que circulan por el mundo, demostrando
fehacientemente la brutalidad policial en la calle contra
manifestantes y opositores pacíficos? ¿Tendrán que seguir
muriendo las personas encarceladas? ¿Será éste el precio a pagar
por un pueblo sin derechos, ni libertades?
El régimen cubano, asegura contar con un
sistema penitenciario profundamente humano, que cumple con las
reglas mínimas para el tratamiento a los reclusos y la protección y
respeto de todos sus derechos; afirma, además, haber demostrado -sin
que quedara duda alguna- el apego a la aplicación de una política
contra la tortura y el abuso; ¿por qué entonces se niega
rotundamente, desde hace 53 años, a la inspección de sus cárceles y
centros de detenciones policiales? ¿A qué le temen, si según ellos no
tienen nada que ocultar.
